Jabalí verrugoso, una obra de arcilla hecha a mano que puede usarse como lámpara.

PuTRefAziONe

Cabeza de facóquero con cráneo

Esta escultura no es solo un facóquero: es un bulto de carne que ha dejado de pedir permiso para existir. La cabeza está atrapada en un instante que ya no es vida, pero aún no silencio. La boca está abierta de par en par como un pozo, no para gritar, sino porque ya no hay nadie que la cierre. Los colmillos, otrora armas de defensa, ahora parecen reliquias inútiles, marfil cansado que sobresale de una masa oscura, hinchada e irregular. La piel ya no protege: se ha encogido, agrietado, como si el cuerpo intentara liberarse. Hay quienes miran a este facóquero y sienten un asco inmediato. Almas ordenadas, acostumbradas a pensar que la muerte debería ser compuesta, limpia, tal vez domesticada por un marco dorado o una flor marchita. Para ellos, esta boca abierta es un error, un insulto: la putrefacción no debería mostrarse, debería permanecer tras una puerta cerrada. Luego están quienes sienten miedo. No por la bestia, sino por lo que revela. Porque en esa carne que cede, en esos dientes que emergen como fragmentos de un alud, reconocen una verdad que no admite concesiones: nosotros también, algún día, dejaremos de ser forma y nos convertiremos en materia que se rinde. El facóquero no está muerto: lleva muriendo demasiado tiempo. Otros, unos pocos, no apartan la mirada. Se acercan lentamente, casi con respeto. Ven el detalle, las grietas, el rojo que ya no es sangre, sino el recuerdo de la sangre. Para ellos, esta escultura es un mapa. Un atlas del fin. No buscan belleza: buscan sinceridad. Y finalmente, están los que sonríen, pero es una sonrisa torcida. Almas vacías, que ya han visto pedazos de sus vidas pudrirse. Para ellos, esta boca abierta no mata: confiesa. Dice que el fin no llega con un golpe repentino, sino con un lento desprendimiento del mundo, un desenlace que nadie fotografía porque es demasiado real. Este facóquero no ataca. No duerme como el cocodrilo con la boca abierta, listo para atacar. Aquí la boca es un signo de abandono, de rendición. Ya no muerde a nadie, pero sigue hiriendo al espectador, porque no deja lugar a la ilusión. Es una cabeza que no habla de la muerte del animal, sino de la muerte de la idea de que todo puede ordenarse, limpiarse, archivarse. Es el rostro de la decadencia, pausado, que permanece, que ocupa espacio, como los recuerdos que quisiéramos borrar pero que, en cambio, viven dentro de nosotros.

  • NOMBRE: Putrefacción
  • FECHA: diciembre de 2025
  • MATERIALES: Arcilla/Madera/Plástico/Cáñamo
  • PESO: 2,8 kg
  • Altura: 18 cm
  • Profundidad: 15 cm
  • Grosor: 28 cm
Cabeza podrida de un jabalí